martes, 4 de enero de 2011

Siglo de oro de la literatura

Siglo de oro (literatura), término que implica una época de esplendor literario, político y militar. Los escritores del siglo XVI y de comienzos del XVII fueron conscientes muchas veces de estar viviendo una época de esplendor en todos los ámbitos, pero sólo ocasionalmente se sirvieron de la expresión “siglo de oro” para referirse a ella.
El ejemplo más notable lo ofrece de forma tardía, aunque con un sentido político, Bartolomé de Góngora en El corregimiento sagaz (1656): “Dejando yo ahora los varones heroicos en todo género de aquel siglo del prudente Rey don Phelipe, baste decir que en él floreció el mismo Rey en quien hago epílogo del talento más escogido (en su modo) de aquella edad a mi parecer Siglo de Oro”. El término edad de oro, mucho más frecuente, sobre todo hasta Miguel de Cervantes, sirvió en este momento una vez más para recrear, con nostalgia, el mito de una era de felicidad y paz, a la que habían seguido otras de plata, cobre y hierro, que recorría la cultura occidental desde Hesíodo.
Será en la segunda mitad del siglo XVIII cuando arraigue el concepto de siglo de oro para designar a la literatura del siglo XVI, en especial a la poesía —la novela, a pesar del creciente interés por Cervantes que se produce en esta época, fue menos apreciada y el teatro apenas tenido en cuenta. En 1713, el Diccionario de autoridades todavía define así el siglo de oro: “Fue el espacio de tiempo que fingieron los poetas haber reinado el dios Saturno, en el que decían habían vivido los hombres justificadísimamente, y, por extensión, se llama así cualquier tiempo feliz”. Pero ya en los Orígenes de la poesía castellana (1754), Luis José Velázquez dice de este periodo: “Esta tercera edad (desde Carlos V hasta Felipe IV) fue el Siglo de Oro de la poesía castellana; siglo en que no podía dejar de florecer la buena poesía, al paso que habían llegado a su aumento las demás buenas letras”. En los Diálogos de Chindulza (1761), Manuel Lanz de Casafonda nos revela, a través de las palabras de un italiano, cómo el término había arraigado entre los ilustrados: “Traigo muchos libros preciosos, así en prosa como en verso, en especial de traducciones de las mejores obras de la antigüedad, hechas por los hombres más sabios del siglo XVI, que los españoles llaman el Siglo de Oro”. Gaspar Melchor de Jovellanos, en una carta a su hermano, fechada en 1779, precisa: “Antes que acabase el dorado siglo XVI había ya producido España muchos épicos, líricos y dramaturgos comparables a los más célebres de la antigüedad. Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con el siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que habían seguido sus mayores”. José Cadalso, en sus Cartas marruecas (número XXI), afirma que Alonso García Matamoros, maestro de Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares, era “uno de los hombres mayores que florecieron en el siglo nuestro de oro, a saber, el decimosexto”.
Algunos eruditos tuvieron que ampliar esas fechas a las primeras décadas del siglo XVII para poder rescatar a autores como los Argensola o Esteban Manuel de Villegas, quienes, al menos en parte de su obra, se habían mantenido al margen de los gustos barrocos entonces imperantes. En el Parnaso español (1768), Francisco Cerdá y Juan José López de Sedano, en su deseo de confeccionar una antología con poetas que, además de “competir con los de Grecia y Roma”, pudieran en adelante “servir de modelo para fijar el buen gusto de la Nación”, llegan hasta mediados del siglo XVII. Algo parecido ocurre en la antología bilingüe Poesie di ventidue autori spagnoli del cinquecento (Roma, 1786) de Juan Francisco Masdeu.
Para los ilustrados, esta época dorada, de la que además se destaca la grandeza militar y política, a la que había seguido una de decadencia que se prolongaba hasta el presente, constituía un ejemplo para sus deseos de reforma literaria y un arma en la competencia cultural, ya iniciada en 1672 por Nicolás Antonio, con Italia y Francia —la historiografía italiana, desde las Vidas de Giorgio Vasari, había situado su época áurea en el pontificado de León X; para la francesa, el siglo de oro, el Grand Siècle, correspondía al reinado de Luis XIV. Ya en 1750, el conde de Torrepalma afirmaba, después de mencionar a diversos poetas que habían seguido el camino abierto por Garcilaso: “Volverá, si la reverencia de nuestros mayores nos persuade que ha pasado, el Siglo de Oro de la poesía española”. También los jesuitas expulsados llevaron a cabo una apología de esta época en los debates “sobre España y su mérito literario”. Uno de ellos, Juan Andrés y Morell, en Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1792-1799), advertía: “Los españoles, con igual razón que los italianos, pueden gloriarse de tener el siglo XVI por su siglo de oro”.
La valoración de buena parte del siglo XVII se va a producir en el romanticismo. Los autores de esta época, aunque apenas hablan de siglo de oro, no ocultan sus preferencias, además de por la época medieval, por los dramaturgos y novelistas barrocos (véase Barroco), también defensores de una literatura popular y nacionalista —a ellos se había adelantado Casiano Pellicer en 1804 con su Tratado histórico sobre el origen y progreso de la comedia y del histrionismo en España. Más reticentes se muestran frente a los poetas conceptistas y culteranos, a pesar de que Góngora, Quevedo y el conde de Villamediana se convierten ahora en personajes de algunos dramas.
A la divulgación de la literatura de dicha época contribuyeron poderosamente las obras de August Wilhelm y Friedrich von Schlegel, cuyas ideas fueron divulgadas en España por Nicolás Böhl de Faber en las polémicas que mantuvo con el escritor y político liberal Antonio Alcalá Galiano y con José Joaquín de Mora, y con otros autores extranjeros (Damas Hinard, Lafond, Chasles, Shelley, lord Holland y otros). Lo mismo ocurre con las historias de la literatura, en las que también se evita el término siglo de oro, de F. Bouterweck y G. Ticknor, donde se atiende preferentemente a Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca, y de J. Fitzmaurice-Kelly, que prefiere la ordenación por periodos: épocas de Carlos V, Felipe II, Lope de Vega y Felipe IV y Carlos II. En la traducción española de una obra del conde Schack, Historia de la literatura y del arte dramático en España, comenzada en 1839, se lee: “Es innegable que el espacio comprendido entre los últimos decenios del siglo XVI y los del XVII forman el periodo más rico y más brillante de su historia. Los reinados de los tres Felipes abrazan la verdadera Edad de Oro de la literatura española y, principalmente, de la poesía. Si no, ¿qué significan las aisladas, aunque preciosas producciones de la época anterior, cuando se comparan con la multitud de obras maestras que se escribieron desde Cervantes hasta Calderón?”.
En la Biblioteca de autores españoles, de Manuel Rivadeneyra, iniciada en 1846, en la que ocupan un lugar destacado los dramaturgos del siglo XVII, se prefiere hablar de épocas. La expresión siglo de oro sólo se emplea en algunas introducciones biográficas de las colecciones de textos del siglo XVIII.
Por razones políticas y religiosas, los representantes de la España liberal, a partir del krausismo, preocupados por analizar las causas de la decadencia española, procuraron evitar el sintagma siglo de oro. Aunque no escatiman los elogios de la literatura de esa época, consideran que el esplendor del barroco artístico y literario no fue acompañado por el científico o el de la especulación filosófica —la polémica sobre la ciencia española arranca, en gran medida, de este desequilibrio. Para Julián Sanz del Río, “en el llamado siglo de oro, el ingenio español se desarrolló sólo bajo un parcial aspecto, que no fue el de la razón ni el del entendimiento”. Para ellos, España, desde Trento (véase Concilio de Trento), se había negado a sí misma toda idea de transformación social y de progreso científico, y se había rodeado de una atmósfera moral irrespirable.
Por el contrario, Marcelino Menéndez y Pelayo, deseoso de demostrar la existencia de un verdadero renacimiento en los diversos campos de las ciencias, las artes y las letras, se sirve, al menos en una primera época, del mencionado término: “Entramos en el siglo XVI, época de mayor esplendor para nuestras letras, siglo de oro de nuestra poesía lírica”. Después, cuando amplía sus estudios a la centuria siguiente, prefiere referirse, quizá debido a su poco aprecio por el gongorismo, a los siglos XVI y XVII o a la edad de oro.
La aséptica periodización por siglos o reinados y el empleo de otros términos —humanismo, renacimiento, reforma, contrarreforma y, más tarde, después de la I Guerra Mundial, barroco, desprovisto de connotaciones peyorativas— serán habituales en otros historiadores.
Los escritores y ensayistas de las primeras décadas del siglo XX (Unamuno, Azorín, Maeztu, Ortega y Gasset, Madariaga y Azaña, entre otros) se inclinaron por un cervantismo filosófico y subjetivo, aunque tampoco olvidaron a otros creadores —en Lecturas españolas, Clásicos y modernos y Al margen de los clásicos, de Azorín, conviven Garcilaso de la Vega, Luis Vives, Góngora y Gracián.
Los de la generación del 27, en busca de valores universales superadores del nacionalismo decimonónico, atendieron a los grandes poetas de los siglos XVI y XVII, en especial a Góngora, el más olvidado, y, con él, a Luis Carrillo de Sotomayor, Pedro de Espinosa, el conde de Villamediana y Pedro Soto de Rojas —en 1935 se dedican diversos estudios a Lope de Vega con motivo del tercer centenario de su muerte. También numerosos investigadores, vinculados con frecuencia al Centro de Estudios Históricos, aunque muchas veces mostraron mayor interés por la historia del español y por la edad media, dedicaron ensayos y ediciones magistrales a los autores de este periodo. A la revalorización del barroco contribuyeron, además, diversos estudios de Ortega y Gasset, Eugeni d’Ors y José Moreno Villa.
Es ahora, en las décadas de 1920 y 1930, cuando desprovisto ya de valoraciones ideológicas se impone la expresión siglo de oro, a veces sustituida por la de edad de oro, para designar a la época que va desde el reinado de Carlos V (1516) hasta la muerte de Calderón de la Barca (1681) —un nuevo término, el de manierismo, se irá popularizando para caracterizar un periodo, de imprecisa cronología, entre el renacimiento y el barroco. En 1927 se sirven de dicho término Dámaso Alonso y Pedro Sáinz Rodríguez, respectivamente, en una conferencia en el Ateneo de Sevilla, “Escila y Caribdis de la literatura española”, y en la Introducción a la historia de la literatura mística española. Poco después, en 1929, José Pastor publica Las apologías de la lengua castellana en el Siglo de Oro. Dos libros que se traducen al castellano contribuyen a afianzar el término: Historia de la literatura nacional española de la Edad de Oro (1933), de L. Pfandl, donde se considera que esa edad de oro se extiende desde 1550 hasta 1681 —otros hispanistas y algunos críticos españoles, como Juan Bautista Avalle-Arce, dividirán también esta época en renacimiento, que coincide con el reinado de los Reyes Católicos y Carlos V, y siglo de oro, correspondiente al periodo que se inicia con Felipe II y se cierra con Calderón de la Barca—, y la Introducción a la literatura española del Siglo de Oro (1934) de K. Vossler.
Del arraigo del término siglo de oro, sustituido a veces por siglos de oro y edad de oro —algunos ensayistas, como Américo Castro y Julio Rodríguez Puértolas, han preferido hablar de edad conflictiva—, hay constancia en diversas historias de la literatura y en numerosas obras sobre asuntos variados aparecidas en fechas posteriores —también algunas cátedras creadas en las universidades llevan el epígrafe de siglo de oro. Sirvan de ejemplo los títulos que siguen: Ángel González Palencia, La España del Siglo de Oro (1939); Emiliano Díez-Echarri, Teorías métricas del Siglo de Oro (1949); Alfredo Hermenegildo, Burgos en el romancero y en el teatro de los siglos de oro (1958); Javier Malagón-Barceló, La literatura jurídica española del Siglo de Oro en la Nueva España (1959); Dámaso Alonso, De los siglos oscuros al de oro (1962); Manuel Criado de Val, De la Edad Media al Siglo de Oro (1985); Antonio Prieto, La poesía de la Edad de Oro: renacimiento (1988); Luisa López Grigera, La retórica en la España del Siglo de Oro: teoría y práctica (1994), y José Manuel Navas, La abogacía en el Siglo de Oro (1996). También, el término se emplea en obras extranjeras: Marcelin Defourneaux, La vie quotidienne en Espagne au Siècle d’Or (La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro, 1983); Bartolomé Bennassar, Un Siècle d’Or espagnol (vers 1525-vers 1648) (La España del Siglo de Oro, 1990); y Josef Oehrlein, Der Schauspieler im spanischer Theater des Siglo de Oro: 1600-1681 (El actor en el teatro español del Siglo de Oro, 1993).


Teatro del Siglo de Oro español

Principales autores y obras del Siglo de Oro español




AUTOR
OBRA
Lope de Rueda (c. 1505-1565)
Los engañados
Eufemia
El rufián cobarde
Juan de Timoneda (1520-1583)
Turiana
Territorio sacramental
Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
El trato de Argel
La destrucción de Numancia
Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados
Lope de Vega (1562-1635)
Lo fingido verdadero
La hermosa Esther
El mejor alcalde, el rey
El perro del hortelano
El villano en su rincón
Fuenteovejuna
Peribáñez y el comendador de Ocaña
El caballero de Olmedo
La dama boba
Los melindres de Belisa
Guillén de Castro (1569-1631)
El conde Alarcos
Las mocedades del Cid
Las hazañas del Cid
La fuerza de la sangre
Tirso de Molina (1579-1648)
El burlador de Sevilla y convidado de piedra
El vergonzoso en palacio
El condenado por desconfiado
Marta la piadosa
Don Gil de las calzas verdes
Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581?-1639)
La amistad castigada
La cueva de Salamanca
Las paredes oyen
La verdad sospechosa
Pedro Calderón de la Barca
(1600-1681)
El príncipe constante
El médico de su honra
El alcalde de Zalamea
La vida es sueño
El gran teatro del mundo
La dama duende
Casa con dos puertas, mala es de guardar
No hay burlas con el amor
¿Cuál es la mayor perfección?
Francisco Rojas Zorrilla (1607-1648)
Del rey abajo ninguno
El cobrador más honrado
García del Castañar
Donde hay agravios no hay celos
El mejor amigo, el muerto
Agustín Moreto (1618-1669)
San Franco de Sena
Los jueces de Castilla
El valiente justiciero
El lindo don Diego
El desdén con el desdén



Prosa del Siglo de Oro español

Principales autores y obras del Siglo de Oro español






AUTOR
OBRA

Anónimo
Lazarillo de Tormes

Anónimo
Historia de Abencerraje y la hermosa Jarifa

Fray Luis de Granada (1504-1588)
Guía de pecadores

Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
Camino de perfección
Libro de las fundaciones
Las moradas

Jorge de Montemayor
(c. 1520-c. 1561)
Los siete libros de la Diana

Fray Luis de León (c. 1527-1591)
La perfecta casada
De los nombres de Cristo

Mateo Alemán (1547-1613?)
Guzmán de Alfarache

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
La Galatea
Novelas ejemplares
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Los trabajos de Persiles y Segismunda

Lope de Vega (1562-1635)
La Arcadia
Novelas de Marcia Leonarda
La Dorotea

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)
La vida del Buscón llamado don Pablos
Los Sueños
Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás
Marco Bruto

Baltasar Gracián (1601-1658)
El criticón

Poesía del Siglo de Oro español

Principales autores y obras del Siglo de Oro español


AUTOR
OBRA

Juan Boscán (1487/1492-1542)
Las obras de Boscán con algunas de Garcilaso de la Vega

Garcilaso de la Vega (c. 1501-1536)
Églogas I, II y III
Sonetos VII, X, XI, XII, XIII, XIX, XXIII, XXV, XXVIII, XXIX, XXX y XXXV
Elegías I y II
Canción V

Fray Luis de León (c. 1527-1591)
Vida retirada
Noche serena
Oda a Salinas
Oda a Felipe Ruiz

Alonso de Ercilla (1533-1594)
La Araucana

Fernando de Herrera (1534-1597)
Sonetos

San Juan de la Cruz (1542-1591)
Cántico espiritual
Subida del Monte Carmelo
Noche oscura del alma
Llama de amor viva

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
Canto de Calíope
Viaje del Parnaso

Luis de Góngora y Argote
(1561-1627)
Oda a la toma de Larache
Fábula de Polifemo y Galatea
Soledades
Panegírico al duque de Lerma

Lope de Vega (1562-1635)
La hermosura de Angélica
La Jerusalén conquistada
La Dragontea
La Gatomaquia
Rimas

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)
El Parnaso español
Las tres musas

El invento de la literatura barroca

Luis de Góngora
La poesía innovadora del poeta español Luis de Góngora (1561-1627) suscitó desde sus orígenes enormes controversias entre sus defensores y detractores que duraron hasta 1927, año del tercer centenario de su muerte, cuando una nueva generación de poetas españoles, entre ellos, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Rafael Alberti, lo aclaman como a uno de sus maestros rindiéndole un homenaje que las autoridades academicistas se habían negado a realizar. Este fragmento, recitado por un actor, pertenece a los primeros versos de Soledades. El retrato de la ilustración fue pintado por Diego de Silva Velazquez.

Barroco (literatura), periodo que sucedió al renacimiento, entre finales del siglo XVI y finales del siglo XVII, impregnó todas las manifestaciones culturales y artísticas europeas y se extendió también a los países hispanoamericanos.
Como etapa preparatoria, que coincide cronológicamente con el renacimiento y el barroco, debe tenerse en cuenta el manierismo. La palabra barroco tuvo originalmente un sentido peyorativo, ligado con la extravagancia y la exageración, que aún se mantiene en ciertos tópicos del lenguaje no especializado. Se dice que el término deriva del portugués barroco (castellano barrueco), que significa ‘perla irregular’. También suele relacionarse con baroco, nombre que recibe una figura del silogismo. El barroco expresa la conciencia de una crisis, visible en los agudos contrastes sociales, el hambre, la guerra, la miseria. Suele establecerse una distinción entre el barroco de los países protestantes y el de los países católicos (barroco de la Contrarreforma).
En el caso de España, aunque sin perder de vista el contexto europeo, José Antonio Maravall ha enumerado una serie de asuntos y tópicos literarios que definen una imagen del mundo y del hombre: la locura del mundo; la melancolía —Anatomy of melancholy, de R. Burton, es de 1621— la sensación de inestabilidad de los hombres y la fugacidad de las cosas; la revitalización del tópico del mundo al revés y la figura del gracioso en el teatro español como uno de sus representantes (“Soy el que dice al revés / todas las cosas que habla”, dice un personaje de El mejor alcalde, el rey de Lope de Vega); el mundo como laberinto, como gran plaza o mesón; la concordia de los opuestos (nuestra vida se “concierta de desconciertos”, dice el conceptista español Baltasar Gracián); el mundo como guerra y el hombre lobo del hombre.
Desde el punto de vista estético, sobresalen la búsqueda de la novedad y de la sorpresa; el gusto por la dificultad, vinculada con la idea de que si nada es estable, todo debe ser descifrado; la tendencia al artificio y al ingenio; la noción de que en lo inacabado reside el supremo ideal de una obra artística. La búsqueda de la novedad y de lo extraño explica la admiración del barroco por pintores flamencos como El Bosco, Arcimboldo y Brueghel el Viejo: así lo demuestran, entre otros textos, los Sueños del escritor español Francisco de Quevedo.
Entre los autores del barroco hispanoamericano, destacaron (el Inca) Garcilaso de la Vega (1539-1616) en Perú; Sor Juana Inés de la Cruz, sobre todo por su Primero Sueño (de clara influencia gongorina por su audacia formal) y El divino Narciso (cuyo antecedente es Eco y Narciso, del dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca), y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, autor de una Historia chichimeca y traductor de poesía náhuatl en México; Martín del Barco Centenera (La Argentina y Conquista del Río de la Plata), extremeño que vivió más de veinte años en América; Pedro de Oña y Arauco domado en Chile; el canario Silvestre de Balboa y Espejo de paciencia en Cuba, y Hernando Domínguez Camargo, a quien el poeta Gerardo Diego cita en su Antología poética en honor de Góngora, y que vivió en Colombia.
2
CULTERANISMO Y CONCEPTISMO
"Polvo serán, mas polvo enamorado"
En los últimos tercetos del soneto Amor constante más allá de la muerte, que aquí recita un actor, Francisco de Quevedo recurre al juego de conceptos —visible sobre todo en el uso de la conjunción adversativa "mas"— para expresar la paradoja del amor, que triunfa más allá de la muerte. El retrato del autor es obra de Diego de Silva Velázquez.

La retórica barroca puede sintetizarse en la coexistencia de dos corrientes: el conceptismo y el culteranismo. Aunque generalmente suele afirmarse que se trata de dos estilos opuestos, lo cierto es que los dos buscan la complicación formal. El culteranismo intensifica los elementos sensoriales preocupado por el preciosismo y la artificiosidad formal a través de la metáfora, la adjetivación, el hipérbaton forzado o los efectos rítmicos y musicales del lenguaje; a esta tendencia pertenecen Luis de Góngora y Pedro Soto de Rojas. La crítica señala como ejemplo más significativo del culteranismo la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora, en cuya primera estrofa aparecen todos los procedimientos culteranos:


Era de mayo la estación florida
en que el mentido robador de Europa
—media luna las armas en la frente
y el sol todos los rayos de su pelo—,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas.
El conceptismo debe su nombre a los Conceptos espirituales (1600-1612) de Alonso de Ledesma. Su juego formal se basa en la condensación expresiva y para ello se sirve de la polisemia, las elipsis, las oposiciones de contrarios o antítesis, las paradojas, todo lo que exija una agudeza conceptual y cuenta entre sus principales representantes a Francisco de Quevedo, Luis Vélez de Guevara y su El diablo cojuelo, la prosa de tipo moralista y satírico de Baltasar Gracián y autores de empresas o emblemas (véase Alegoría) como Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648). En teatro, sobresale Pedro Calderón de la Barca, especialmente por La vida es sueño y El gran teatro del mundo, donde se entrelazan concepto y juego verbal. El tema del sueño y la duda sobre los límites entre apariencia y realidad permiten aproximar a Calderón con el dramaturgo inglés William Shakespeare. El conceptismo valora laconismo, por eso, a veces, se ha confundido con claridad estilística y precisión, algo de lo que carece por completo, como puede verse en la frase de Gracián característica de este estilo: “Lo bueno si breve, dos veces bueno”, que como se ve es ingeniosa pero ni precisa ni clara.
3
PROYECCIÓN DEL BARROCO
Mención aparte merece la proyección del barroco en la generación del 27, año del tricentenario de la muerte del poeta Luis de Góngora. Dámaso Alonso dedicó gran parte de su vida al estudio del poeta cordobés y Federico García Lorca le consagró una magnífica conferencia titulada “La imagen poética de don Luis de Góngora”. Gerardo Diego recuperó a los poetas Bocángel Unzueta y Pedro de Medina Medinilla. Luis Rosales, al conde de Salinas (1564-1630) y a Juan de Tasis, conde de Villamediana (1582-1622). Éste último, además de Góngora, figura entre los autores citados con frecuencia por el cubano José Lezama Lima. Otro cubano, Severo Sarduy, fue el creador del término neobarroco para designar, si no un regreso, una prolongación del barroco en el siglo XX. En 1868 un político conservador y brillante articulista, Francisco Silvela, se burlaba de los cursis y de los neoculteranos, aludiendo a quienes se valían de un lenguaje pretencioso para decir cosas que podían comunicarse de manera más sencilla.


El invento de la Literatura latina

Literatura latina, literatura de la Roma antigua, y de gran parte de Europa occidental durante la edad media y el renacimiento, escrita en latín.
2
LA TRADICIÓN LATINA
Las primeras manifestaciones de la literatura latina proceden del siglo III a.C. Después fue evolucionando y transformándose, a través de distintos géneros y formas. La desintegración del Imperio romano y el desarrollo gradual de las lenguas románicas a partir del latín vulgar (la lengua no literaria del pueblo llano) no afectó durante siglos la posición del latín como lengua literaria predominante en Europa occidental. La literatura latina, en una forma cristianizada, continuó desarrollándose durante la edad media, cuando el latín era la lengua oficial de la Iglesia católica. Con la aparición del humanismo, en el siglo XIV, y su énfasis por recuperar las formas clásicas del mundo antiguo, se dio un nuevo impulso creativo al latín, que se mantuvo hasta el siglo XVII. Hasta no hace mucho tiempo, en la cultura occidental el conocimiento de la literatura clásica latina (así como de la griega) era considerado condición necesaria de una sólida educación.
3
CARACTERÍSTICAS DE LA LITERATURA LATINA
La literatura romana se modeló a partir de la literatura griega y sirvió a su vez como referencia básica, especialmente en el renacimiento, para el desarrollo de las literaturas europeas posteriores. Por su estrecha dependencia formal de los modelos griegos, los escritores latinos ensalzaron las cualidades específicas de la cultura romana y, lo que es más importante, casi todos los escritores romanos contribuyeron con sus escritos a la misión civilizadora de Roma en el mundo. Los logros más importantes de la literatura latina se encuentran en la poesía épica y lírica, en la retórica, la historia, el drama cómico y la sátira, género literario que los romanos inventaron.
4
PERIODO PRIMITIVO
La literatura latina se inicia con Livio Andrónico, que llegó a Roma siendo un esclavo de habla griega. Tradujo en verso el poema épico de Homero, la Odisea, al latín, y escribió las primeras piezas dramáticas en esta lengua, así como traducciones de obras griegas. El primer escritor romano nativo fue Gneo Nevio (270-201? a.C.), que siguió el ejemplo de Livio Andrónico. Sus comedias tuvieron mucho éxito. Compuso también el Bellum poenicum, un poema épico sobre la primera de las guerras púnicas entre Roma y su rival Cartago. Sin embargo, el primer escritor romano verdaderamente importante fue Quinto Ennio, famoso por sus Annales, un poema enérgico y vigoroso que cuenta la historia de Roma y sus conquistas en versos hexámetros adaptados con éxito del griego al latín. El esfuerzo pionero de Ennio sirvió como modelo para la épica romana y fue muy imitado por poetas posteriores que refinaron las asperezas de su estilo.
Sólo se conservan fragmentos diseminados de estos primeros escritores, pero disponemos de 21 obras de teatro del primer dramaturgo importante de la literatura romana, Plauto. La comedia fue la más importante aportación romana al desarrollo del drama; las obras ágiles de Plauto sirvieron de modelo a la comedia europea posterior y han sido representadas e imitadas hasta hoy. Su mundo de amos ignorantes, esclavos astutos, doncellas inocentes y jóvenes sin esperanza que se enamoran absurdamente, fue heredado por el segundo autor romano de comedias, Terencio. Sus obras son quizá menos divertidas pero más conmovedoras que las de su predecesor.
Catón el Viejo, político conservador y enemigo implacable de Cartago, fue el primer maestro de la prosa romana. Orador hábil, proporcionó los primeros modelos a la retórica romana. Su tratado sobre agricultura, De agri cultura, aún se conserva. El gran maestro de la sátira, un género supuestamente inventado por Ennio, fue Cayo Lucilio, que introdujo el uso de palabras mordaces que ridiculizan despiadadamente una gran variedad de locuras humanas, tanto en el terreno privado como en el público. Sólo se conservan fragmentos de su obra.
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LA EDAD DE ORO: POESÍA
Horacio
Horacio, destacado poeta de la Roma antigua, vivió durante la edad de oro de la literatura latina, en el siglo I d.C. Célebre por sus Odas, una colección de poemas breves de gran ironía y refinamiento, publicó también sátiras, cartas y poemas líricos.

El precursor de la época más brillante de la poesía romana fue Lucrecio, cuyo poema didáctico De rerum natura argumenta en versos elocuentes que los dioses no intervienen en asuntos humanos. Su finalidad era liberar a la gente de la superstición y del miedo a la muerte. Catulo, el primer gran poeta lírico en latín, se inspiró en modelos griegos. Sus poemas largos son complejos y eruditos, pero le caracterizan en mayor medida los poemas líricos más cortos, algunos de los cuales son puras declaraciones de amor a una mujer llamada Lesbia o están dedicados a su hermano muerto. En otros saca a relucir la vena de su ingenio mordaz e hiriente contra sus enemigos políticos. Su palabra rigurosa e intensa ha sido una fuerza impulsora en la historia de la lírica europea desde el redescubrimiento de su obra a comienzos del renacimiento.
Virgilio
Considerado como el poeta más grande de la Roma clásica, Virgilio, que vivió entre los años 70 y 19 a.C., compuso la Eneida, un poema épico de carácter mitológico, durante los últimos once años de su vida. Inspirado en la Iliada y la Odisea del poeta griego Homero, fue la primera obra maestra del estilo épico. Numerosos escritores posteriores siguieron los cánones de la obra de Virgilio, e incluyeron al poeta en sus textos y dibujos. Esta pintura de 1469 le representa escribiendo las Geórgicas (36-29 a.C.) delante de la estatua de la diosa griega Artemisa.

Reconocido como el más grande de los poetas latinos, tanto en vida como en tiempos posteriores, Virgilio escribió al principio de su carrera las Églogas, diez poemas pastorales que se convirtieron en modelos permanentes en su género. A estas siguieron las Geórgicas, poemas sobre la vida de los agricultores. Sin embargo, la obra maestra de Virgilio es la Eneida, un poema épico que narra cómo el héroe troyano Eneas viajó a Italia para encontrar el asentamiento donde se fundaría Roma. En este complejo poema, inspirado en la obra de Homero, contrasta el deseo de paz con la admiración tradicional de la virtud militar.
Ovidio
El poeta romano Ovidio, nacido en el año 43 a.C., escribió Metamorfosis, una serie de historias que constituyen uno de los poemas más importantes de todos los tiempos. Esta obra, que repasa la historia del mundo, desde la creación hasta la época de Julio César, ingeniosa y aguda, ha influido en numerosas generaciones posteriores de escritores.

El amigo de Virgilio, Horacio, se convirtió en el maestro de la oda adaptando hábilmente los metros griegos al latín. De su mejor poesía se desprende también un elegante sentido del humor. La tradición de la elegía de amor, que empezó Catulo, fue continuada de una manera tierna y melancólica por Alibio Tibulo (c. 48-19 a.C.). El último de los tres libros que se le atribuyen incluye poemas de amor directos y conmovedores escritos por su contemporánea Sulpicia, los únicos poemas que se conservan de una mujer romana.
Más dinámicas y complejas son las elegías de amor escritas por Sexto Propercio, registros turbulentos de sus difíciles amoríos con Cintia. La tradición elegíaca concluyó con la obra de Ovidio, que cultivó el género de una manera festiva. Prolífico poeta, es más conocido por su Ars amatoria, y por su obra más importante, la Metamorfosis, un largo poema que constituye una recuperación de gran parte de los mitos antiguos.
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LA EDAD DE ORO: PROSA
Busto de Cicerón
A la oratoria debe, sobre todo, su fama el escritor y político romano Cicerón. Su actividad como político defensor a ultranza del Senado romano le costó el exilio en Macedonia, deportado por Julio César. Su hacer literario fue tan importante para el latín que su escritura se convirtió en modélica, no sólo en su época sino, incluso en siglos posteriores, especialmente durante el renacimiento.

La edad de oro de la poesía romana se correspondió con la de la prosa. El autor más destacado, Cicerón, fue un político y orador cuya retórica se convirtió en un modelo para la oratoria europea posterior. Los discursos más conocidos de Cicerón son los que profirió contra el conspirador político Catilina, pero otros muchos son igual de oportunos y certeros, por el magistral uso que hace de los ritmos y cadencias de la lengua latina, conjugados para alcanzar efectos persuasivos y contundentes. Cicerón destacó también con obras en prosa de un estilo más relajado, tratados sobre retórica y filosofía tales como los famosos textos sobre la amistad y los tiempos pasados. También se conserva gran parte de su reveladora y extensa correspondencia.
Igualmente famoso como escritor de prosa fue el contemporáneo de Cicerón, Julio César. Sus comentarios claros y enérgicos sobre La guerra civil y Comentarios sobre la guerra de las Galias (De bello civili y De bello gallico) también se convirtieron en importantes modelos en su género. El principal historiador romano fue Tito Livio, que escribió la larga historia de Roma Ab urbe condita, también conocida como Décadas, de la que sólo se conserva cerca de una cuarta parte y que continúa siendo una fuente básica de este periodo.
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LA EDAD DE PLATA
Quintiliano
La obra más famosa de Quintiliano (c. 35-c. 95) son los 12 libros conocidos como Institutio Oratoria, escritos c. 95 d.C. En ellos, Quintiliano trata sobre los métodos, fundamentos y técnicas de la enseñanza y la oratoria.

A la edad de oro siguió lo que a menudo se conoce como la edad de plata de la literatura latina, en el siglo I d.C.; aunque sobrepasada por el brillo del siglo anterior, durante este periodo se produjo un valioso conjunto de obras importantes. La Eneida de Virgilio pareció consumar hasta tal punto la perfección del género épico que los poetas posteriores tuvieron más dificultades que ayudas por su ejemplo. Sin embargo, Lucano, cuya epopeya Farsalia narra incidentes de la guerra civil romana con un estilo animado, y Publio Papinio Estacio, un escritor muy admirado en la edad media, supieron abordar eficazmente la tradición épica. La Tebaida (91?), obra principal de Estacio, es una epopeya vigorosa y poco organizada que lleva al límite las formas del estilo virgiliano. Figura descollante de la edad de plata fue Séneca, tutor del famoso emperador Nerón. Séneca expuso las doctrinas de la filosofía estoica en cartas y tratados que tuvieron una gran influencia. Escribió varias tragedias que exploraban el tema del mal y sus consecuencias, la omnipresencia de la muerte, la culpa voluntaria e involuntaria, la pasión y el abuso de poder.
Durante este periodo se produjeron obras de interés en varios estilos satíricos. El esclavo Fedro, que se convirtió en hombre libre con el emperador Augusto, escribió en verso versiones latinas de las populares fábulas del griego Esopo. El escritor más original de su época fue tal vez el galante Petronio, cuyo sorprendente Satiricón (60?), una extensa obra en verso y prosa de la que sólo se conserva parte, es una narración enormemente entretenida que describe vivamente un amplio conjunto de excesos humanos. La sátira en verso está representada por el áspero y complejo Persio y el amargo, pero entretenido, Juvenal. La más corta de las formas poéticas, el epigrama, fue perfeccionada por Marcial, cuyos versos socarrones e ingeniosos son un modelo en su género.
La prosa del siglo I d.C. incluye la obra de varios escritores didácticos notables. Plinio el Viejo fue un autor prolífico cuya Historia natural sirvió durante generaciones como modelo de libro de texto sobre historia natural. La Institución oratoria (95?) del retórico Quintiliano es también un estudio importante dedicado a la teoría y práctica de la oratoria, que incluye además algunas de las críticas literarias romanas más equilibradas. Varios destacados historiadores escribieron también durante este periodo. Cornelio Tácito relató dramáticamente los acontecimientos de su época y la que lo precedió en sus Historias y Anales; escribió asimismo una famosa descripción de Germania y sus habitantes, Germania (98?). La vida de los Césares (121?), de Suetonio, es famosa por sus animadas biografías de los césares y su, a menudo, demoledora descripción de lo que para los lectores actuales es el periodo más rico de la historia romana.
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ÚLTIMO PERIODO
Durante los siglos siguientes, la literatura romana declinó al mismo tiempo que la fortuna política del Imperio, pero destacaron unas pocas figuras. La Metamorfosis (también conocida con el título El asno de oro) de Lucio Apuleyo es una narración en prosa entretenida que incluye la historia, elegantemente relatada, de Cupido y Psique. En el siglo IV sobrevino un último impulso literario pagano con el sabio y perspicaz Ambrosio Teodosio Macrobio, que escribió una especie de sumario de la antigua cultura en su Saturnalia.
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PRIMEROS ESCRITOS CRISTIANOS
San Jerónimo
San Jerónimo pasó a la historia por su traducción de la Biblia al latín, versión que fue conocida por el nombre de Vulgata y que la Iglesia católica, tras reconocer como auténtica en el Concilio de Trento, usó durante muchos siglos. Este retrato de san Jerónimo fue pintado por Alberto Durero en 1521.

Las primeras manifestaciones de escritura cristiana en latín se superponen a la última escritura pagana. El primer escritor cristiano importante fue Tertuliano, un maestro de la prosa. Uno de los escritores cristianos más influyentes de su época fue el padre de la iglesia san Ambrosio, conocido sobre todo por su correspondencia y por sus himnos. Aurelio Clemente Prudencio inauguró una nueva tradición en la poesía cristiana al emplear recursos de la literatura pagana para propósitos cristianos. Su Psychomachia, que presenta el alma como campo de batalla donde luchan las virtudes y las vicios, introdujo el uso de la alegoría en la poesía cristiana.
La prosa cristiana estuvo dominada por dos padres de la Iglesia: san Jerónimo y san Agustín. La obra más importante de san Jerónimo fue la traducción de la Biblia. Conocida como la Vulgata, ha sido la versión modelo en latín desde entonces, y ha influido enormemente en la prosa latina y europea.
La figura de san Agustín fue una de las más trascendentales en el pensamiento europeo medieval y renacentista. Sus obras principales, La ciudad de Dios (413-426) y las Confesiones (400?), emplean el estilo clásico de la retórica ciceroniana de manera conmovedora y personal para expresar un sentimiento de convicción cristiana. Otras obras de esta época, no especialmente cristianas en cuanto a su orientación, tuvieron una gran repercusión en el pensamiento cristiano posterior. De nuptiis Philologiae et Mercurii (400?) es el título que se popularizó de una curiosa obra de Marciano Minneo Félix Capella, que proporcionó a la cultura cristiana europea un medio para organizar el conocimiento secular representado por las siete artes liberales, el trivium y el quadrivium. De consolatione philosophiae, del cónsul Boecio, describe con maestría y sosiego cómo la vida espiritual puede ser una fuente de paz interior en tiempos adversos.
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LITERATURA LATINA DE LA EDAD MEDIA
Reynard the Fox
Esta ilustración de un texto medieval francés representa a Reynard the Fox, héroe de innúmeros cuentos tradicionales. Reynard es la imagen típica de la astucia: ingenioso y manipulador, acaba saliendo airoso de la mayor parte de sus aventuras.

La literatura latina medieval prosigue la tradición de la literatura cristiana primitiva. San Isidoro de Sevilla reunió un compendio de la cultura de su época en los veinte libros de las Etimologías (623), que sirvieron como obra de referencia durante la edad media tardía. El género histórico fue también importante durante este periodo, con algunas obras interesantes desde el punto de vista literario. En el 731, el inglés Beda el Venerable escribió versos en latín, además de concluir una inestimable historia de la Iglesia en su país. La obra en prosa más admirada de su época fue la biografía de Carlomagno escrita por el erudito franco Einhard.
La corte de Carlomagno reunió a un notable grupo de poetas. Destacan entre ellos el erudito inglés Alcuino de York y el sabio arzobispo de Maguncia Rabanus Maurus, que pudo ser el autor del magnífico himno “Veni Creator Spiritus”. También fue esta una época de ejemplos notables en poesía litúrgica. La forma conocida como secuencia, cantos en latín para ser ejecutados durante la misa, surgió en el siglo IX y está particularmente asociada a Notker Balbulus, de la abadía de Gall.
Diversas clases de poemas largos fueron también característicos de la primera época de la edad media. La historia de Reynard the Fox, una fábula de animales, apareció en versos latinos en el siglo X. También se escribieron poemas épicos más serios. Especialmente notable es el poema heroico Waltharius, atribuido al monje suizo Ekkehard I el Viejo, basado en la vida del rey Walter de Aquitania.
Gran parte de la mejor poesía de la edad media fue anónima, en especial los versos líricos de la literatura goliárdica, escritos por estudiantes y monjes vagabundos, que cantaban los placeres de la bebida y el amor carnal, y ridiculizaban al clero y a la poesía devota tradicional. Estos poemas anónimos se conservan en varios manuscritos. Uno de los más conocidos es Carmina Burana. Mientras tanto continuó escribiéndose poesía religiosa, con ejemplos destacados como la secuencia conmovedora, también usada como himno, “Stabat Mater Dolorosa”, de Jacopone da Todi, y el impresionante “Dies Irae”, del fraile italiano Tomás de Celano.
Se conserva un número considerable de obras de teatro religiosas medievales que son antecesoras directas del drama moderno. Desarrolladas en un contexto de servicios litúrgicos, incluyen las formas conocidas como misterios (véase Autos). La monja germana Hrosvitha adaptó las técnicas dramáticas de Terencio a temas cristianos con resultados curiosos. Sin embargo, al margen de su obra, estos dramas son, en su mayor parte, anónimos.
La prosa de ficción fue también cultivada dentro de la literatura en latín popular, generalmente en forma de cuentos cortos; ejemplos de ellas son las colecciones ampliamente leídas del siglo XIII que se conocen por Gesta romanorum. La Legenda aurea, una colección de vidas de santos (véase Hagiografía) del arzobispo de Génova Jacobo de Voragine, también fue muy popular.
Durante este periodo el latín sirvió como lengua de cultura en Europa y se conserva un vasto conjunto de prosa especializada, como la filosofía escolástica. Algunos filósofos, como el sabio francés Abelardo, escribieron obras de mérito literario. Sus poemas de amor y canciones seculares se han perdido, pero se conservan sus himnos religiosos y la correspondencia intensa y conmovedora con su querida Eloísa. Dos obras importantes del poeta erudito Alain de Lille, Anticlaudianus y De planctu naturae, son intentos alegóricos y filosóficos por determinar el lugar de los seres humanos en el universo natural. Pese a que los escritores empezaron a emplear las lenguas vernáculas cada vez más, los tratados técnicos continuaron escribiéndose en latín. El gran poeta italiano Dante Alighieri empleó la lengua latina en tratados sobre el papel de la monarquía (De monarchia) y sobre los usos de la lengua italiana (De vulgari eloquentia).
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LA LITERATURA LATINA DEL RENACIMIENTO
Utopía
Este grabado pertenece a la primera edición de Utopía (1516), obra del pensador y político inglés Tomás Moro, que sería canonizado por la Iglesia católica cuatrocientos años después de su fallecimiento, en 1935. El título original de esta prosa satírica de carácter social y político, escrita en latín, es De optimo reipublicae statu de que nova insula Utopia. Moro, cuyo enfrentamiento con el rey inglés Enrique VIII le costaría la vida años después, creó con ella una nueva palabra (utopía, 'lugar que no existe') y un género literario y filosófico. Su invención de una república ideal se enmarca en el humanismo renacentista de la época.

La última gran época de creatividad en latín, el renacimiento, se concretó en la obra del humanista italiano Petrarca en el siglo XIV. El humanismo fue un movimiento que pretendía recrear la experiencia clásica reviviendo el lenguaje, el estilo y los géneros de la literatura latina. La obra en latín más lograda de Petrarca incluye Secretum (1343), donde el poeta monologa y se somete a interrogatorio, así como su extensa correspondencia, en prosa y verso. La tradición de la prosa humanista en Italia fue continuada por escritores como Poggio, famoso por una brillante crónica de la Florencia de la época y por su Facetiae (1438-1452), una colección de divertidos relatos.
Durante el renacimiento, el latín continuó siendo la lengua técnica e intelectual en Europa. Los estudios lingüísticos del humanista italiano Lorenzo Valla abrieron el camino a eruditos futuros y tuvieron una enorme trascendencia en el pensamiento y el estilo literario de la época. En el campo literario destacan los escritos filosóficos de Marsilio Ficino, que trató de conciliar el platonismo con el cristianismo, y los de Giovanni Pico della Mirandola, famoso por su De hominis dignitate oratio (1486).
Al mismo tiempo que se desarrollaba la prosa en latín en la Italia del renacimiento, hubo una notable producción en verso. El mejor poeta fue Giovanni Pontano, en cuya obra se conjugan el vigor erótico y la exaltación de la vida familiar. Un exiliado griego, Michael Marullus, escribió vehementes himnos en latín dirigidos a los dioses paganos, y el humanista florentino Poliziano escribió poesía tanto en latín como en italiano. La obra de Marco Girolamo Vida incluye un importante tratado en verso sobre el arte de la poesía, Ars poetica, y su Christiad (1535) es quizá lo más parecido a una epopeya renacentista en latín. El tratado De arte dicendi (1556), del español El Brocense, es un ejemplo de las gramáticas prácticas comunes en la época.
Otras latitudes de Europa también fueron escenario de una obra excelente en latín que continuó la tradición iniciada en Italia. Entre las más significativas, destaca la del sabio humanista holandés Erasmo, cuya amplia producción incluye el divertido Elogio de la locura (1511). El estadista inglés Tomás Moro, amigo de Erasmo, escribió una obra visionaria en latín, Utopía (1516), que continúa siendo significativa en el pensamiento político occidental. La novela en latín más conocida del Renacimiento es Argenis (1621), del poeta y satírico escocés John Barclay. Entre la poesía escrita en latín más difundida en Europa se encuentra el apasionado Basia, del escritor holandés Johannes Secundus. El galés John Owen fue famoso por sus epigramas en latín. La tradición de la poesía latina en el norte de Europa continuó en el siglo XVII. Dos poetas jesuitas, Casimir Sarbiewski de Polonia y Jacob Balde de Alsacia, escribieron una poesía horaciana admirable de tema cristiano.


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